Recuentos

Monday, February 14, 2005

Víctima de una obsesión

Hasta ahora no me había fijado que tenía mensajes en la contestadora. Eran todos de él. Una vez más. Borré cada mensaje sin terminarlo de escuchar... Durante todo los meses que siguieron a nuestra ruptura, cada vez que terminaba una “relación”, me culpaba a mí del fallo por él amarme, por mi recuerdo. Me pedía perdón de todas las maneras posibles e imaginables. Hasta me amenazó con aquello de que si no volvía con él, se suicidaría. Otra vez fue con lo de “si no eres mía, no lo serás de nadie”. Era como un “stalker”. Ahora empezaba con la táctica de desesperarme. Y lo estaba logrando, pero para efectos contrarios. Timbró el teléfono y me pregunté si sería él. Esperé que la máquina contestara, y luego se oyó su voz: “Sé que estás ahí, estoy en camino hacia allá. TENGO que hablar contigo. Necesito que me perdones.” Y colgó tras decirlo. Me puse nerviosa, no sabía qué hacer, cómo reaccionar, si lo dejaría entrar o le hablaría desde la puerta. Y es que todavía lo amaba. Todavía lo amaba como el primer día a pesar de lo que me hizo. A pesar de lo hijo de su madre que es. A pesar de que me hago la fuerte. A pesar de que lo quiero olvidar. Mientras caminaba de un lado hacia otro de mi habitación, pensaba: “¡Dios! ¿qué ropa me pondría?” Y es que todavía tenía aquel gustito de hacerlo babear por mí... todavía me causaba cierto placer el ver que sufría por no tenerme como yo sufro por no tenerlo.

Es injusto. Simplemente injusto. Amarnos como nos amamos y no estar juntos por él ser un estúpido de marca mayor. Yo no puedo tener una relación con un hombre que problemas de Drogas. Yo no le puedo perdonar que haya traicionado mi confianza. Pero lo amo. Debería ofrecerle tener una relación abierta, pero yo no soportaría saber que está en eso. Es horrible sentirse así... amando y pudiendo tener esa persona, pero no poder estar juntos por culpa de situaciones negativas repetitivas. No podría confiar en él y sin confianza no hay bases para una relación.

Ni me había cambiado el atuendo cuando sonó el timbre de la puerta. Me decidí a quedarme sentada en la cama y esperar que se fuera, que pensara que yo no estaba. Pero oí la puerta abrirse, así que me metí en el closet y me cubrí bien con ropa. A través de las celosías de las puertas del closet lo pude ver escabullirse en la habitación y tomar mis aspirinas, vaciarlas y sustituirlas por algo más. Al jarabe de vitaminas le echó unas gotas, pero no pude ver mucho, ya que casi tapaba el cuadro con la espalda. Se paró en la puerta y miró hacia afuera, luego salió. Lo escuché en la cocina abriendo y cerrando gavinetes. Pasaron unos cinco minutos más y oí la puerta de la casa cerrarse. Salí de mi escondite y a través de la ventana del baño pude ver su auto alejarse del edificio.

Me vestí con lo primero que encontré, llamé la policía y no toqué nada durante ese tiempo. Una hora y diez minutos más tarde, llegó todo un equipo digno de película hasta con técnicos de investigación de evidencias en el lugar del crimen. La espera valió la pena. Tomaron huellas digitales, las pastillas, el jarabe y cuanta cosa hubiera en la cocina. Me interrogaron con preguntas hasta tontas y luego me ofrecieron llevarme a un hotel para pasar la noche. Quizás no hubiese de qué preocuparse, pero decidí pasar la noche en el hotel para no tener que recoger el desorden en la casa esa noche, ya eran casi las diez y al día siguiente tenía trabajo.

Doce días más tarde me llama el detective a cargo y me dice que tengo que presentarme, que tienen resultados de mi caso. Fue un shock para mí saber que sus amenazas de “si no eres mía, no lo serás de nadie más” eran en serio. Desde hacía meses me estaba envenenando. Y yo idiota comprando vitaminitas para avivarme un poco y aspirinitas para los dolores horrendos del cuerpo. Más idiota aún por no haber ido al médico en aquellas dos semanas cuando me sentía tan mal y con vómitos y mareos constantes. Pero como se quitó solito, pues no me interesé en ir. De vez en cuando vomitaba y me daban esos mareos, pero siempre lo atribuía a alguna comida dañada. Tonta, tonta, tonta... estuvo tratando de envenenarme durante casi ocho meses tal vez. Ese estúpido. Tenía que ir al día siguiente a presentar cargos formales, mientras tanto a él ya lo habían interrogado y lo estaban investigando. ¡Cómo lo odiaba!

Regresé a la casa y encontré la puerta abierta, quise devolverme y avisar a la policía, pero en ese momento algo me empujó y no recuerdo más hasta ahora que abro los ojos y borrosamente veo que me encuentro en mi habitación... y por el frío que sentí por todo el cuerpo, noto que estoy desnuda. El mover los ojos para tratar de ver todo me produce un mareo y vuelvo y me sumo en bruma, pero semi-consciente... oigo trastes en la cocina, pasos, una respiración en mis sienes...

Volví a recuperar la consciencia y lo veo a mi lado en la cama, quiero salir de la cama y correr fuera de su alcance, pero hasta este momento no me dí cuenta de que estaba atada. ¿Cómo no lo supuse antes? Me agarra la cara y me acaricia, pero sus dedos se sienten fríos, filosos y al parecer están mojados porque siento gotas correr por mis mejillas. Al voltear la cara para mirarlo, veo que es un cuchillo y entiendo que esas gotas que corren por mis mejillas son mi sangre brotando de las heridas. Lo escucho decirme “con esa cara ya nadie querrá tenerte” . Me empieza a picar la cara, pero no me puedo rascar. Mis lágrimas han penetrado las heridas y eso hace que me ardan, que me duelan... y él se sonríe y me toca íntimamente, lo cual hace que llore aún más amargamente.

Tengo que concentrarme en no sentir, para después no tener que lidiar con el asco que me producen sus manos. Tengo que pensar en una forma de salir de esta situación. Y presiento que me va a matar, lo veo en sus ojos.

No sé cómo pude articular palabra, pero de mis labios sale un “déjame abrazarte” y él, bien sorprendido, me suelta las manos y los pies... lo abrazo, lo lleno de sangre en el pecho, lo beso, le empiezo a quitar la ropa, lo sigo besando. Me viene a la mente el recuerdo de nuestra última vez y me sonrojo. Él lo nota, porque sonríe y me besa el cuello, me dice “regresa conmigo” y le contesto “sí, mi amor... regreso contigo”. Ya lo he desnudado y procedo a “cabalgar” sobre él... en un momento de mucha pasión (y asco para mí) le doy un último beso y le muerdo los pezones. Me retiro de él y lo dejo así mareado de pasión. Corro y cierro la puerta de la habitación, luego la de la calle. Estoy desnuda en la calle, pero no me importa. Me duelen los pies, me siento desorientada. Corro y no sé hacia dónde estoy corriendo. Un taxista se desmonta y me ofrece llevarme a un hospital, me da su camiseta sudada y así con el pecho desnudo maneja durante un rato. Mientras, yo me sumo nuevamente en las brumas de la inconsciencia.

Despierto y me siento de repente cubierta, cómoda... veo la cara del taxista, preocupado y al verme abrir los ojos, sonriente. Pobre viejo... seguro está esperando su pago. Le pregunto en un hilo de voz cuánto le debo, a lo que me contesta: “ya está pagado, con su sonrisa”. Me entrega su tarjetita y me dice que cuando necesite regresar a la casa, que llame a la central y pida su unidad. Le pido que no se vaya, que me haga compañía, y la verdad es que tengo miedo de estar sola. Al preguntarle qué han dicho los médicos, me dice que a él nada puesto que no es familiar, pero que puede llamar al doctor que estuvo antes revisándome, pues querían identificarme para los fines de record y seguros. Sale de la habitación y unos cinco minutos después entra acompañado de un ángel, digo, de un doctor. Por unos segundos pensé que quizás estaba muerta y que el viejo taxista era Dios o San Pedro, y ahí venía un ángel a llevarme donde ponen las alitas... ¡Diablos! Creo que estaba alucinando.


El médico me hizo unas cuantas preguntas, luego me dijo el diagnóstico. Tenía una fractura en la base del cráneo y heridas múltiples en un lado de la cara, pero que no tenía por qué preocuparme por eso, ya que no eran tan profundas, eran más bien superficiales y no dejarían cicatrices. Pero por otro lado, sí tenía que tener cuidado con la fractura. Me dio unas indicaciones y finalmente me dijo que estaría recluida durante una semana como mínimo. Procedió a llenar mi hoja clínica con mis datos y a preguntar un teléfono donde pudiera avisar a alguien sobre mi “accidente”. En ese momento fue que caí en cuenta que tenía que avisar a la policía, mas cuando quise decirle al ángel, digo, médico, me dijo que ya habían estado allí y que posiblemente esta tarde vengan unos detectives a interrogarme sobre el caso. Me recomendó que tratara de no alterarme mucho y que si sentía que era demasiado, que les pidiera que se retiraran. También me dijo que tenía de todas formas dos policías custodiando la puerta, por lo que no tenía que preocuparme de que mi agresor pudiera aparecerse por aquí. Aparte del alivio que sentí, me inundó una serie de pensamientos que empezaron con mis padres, siguieron con el trabajo, la policía, mi apartamento, y terminaron con Juan José.

Cuando llegaron los detectives, noté que eran los mismos que estaban manejando mi caso, con lo del envenenamiento. Me dí cuenta de que tenían buenas noticias por lo sonrientes que entraron y que me saludaron. Pero me dio un poco de miedo cuando me dieron la información previa: Juan José no era un desconocido en asuntos criminales. Tenía varias condenas, todas evadidas mediante pago de fianzas, incluyendo dos retiros de cargos por violación, con la consiguiente desaparición de ambas mujeres (las cuales nunca fueron encontradas). Ya lo tenían encarcelado, y de ésta no se iba a salvar fácilmente. Me tenían a mí como testigo principal, más el hecho de haberlo encontrado “con las manos en la masa” al tratar de envenenarme. Respiré aliviada, y les agradecí. Confirmamos nuestra cita para mi declaración formal y se despidieron.

Una semana y media más tarde regresé a mi apartamento, decidida a recogerlo todo y hospedarme en un hotel en lo que encontraba otro lugar para vivir. No podía vivir ahí, recordando los eventos que casi me llevan a la muerte. Y sentir su olor, ese olor característico de su perfume exclusivo, impregnado en las paredes, en el colchón. No, no podría vivir ahí. Me paré en la puerta de la habitación y vi que se habían llevado las sábanas ensangrentadas. Busqué un bulto y un par de maletas y empecé a empacar mi ropa y algunas cosas importantes. El resto lo daría a una empresa de mudanzas. No quería volver. Con esto estaba cerrando un capítulo en mi vida.


Epílogo

Siete meses más tarde, en mi nuevo apartamento al otro lado de la ciudad, sentada en el balcón viendo el atardecer, acariciaba mi mejilla izquierda, la cual no tenía ninguna señal de haber sido herida, y mientras me bebía una rica malteada de vainilla, pensaba en el “ángel” del hospital...

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